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Acoso, Sistema, organización

Dernière mise à jour : 28 juil. 2020

21 de agosto de 2008


Copia del artículo escrito por Ariane Bilheran (traducido por la autora, con la ayuda de Jean-Noël Suchet y de Maria Elvira Laverde Ordóñez).

Con la autorización de la revista francesa Les Cahiers des Facteurs Psychosociaux.

Este artículo puede ser reproducido, mencionando el autor, el título, el año de publicación y el nombre de la revista.

Bilheran A. 2008, “Harcèlement, système, organisation”. Les Cahiers des Facteurs psychosociaux, 10, 23-27.

Ariane Bilheran

Antigua alumna de la Escuela Nórmal Superior de Paris

Psicóloga clínica y Doctor en psicopatología clínica.

Autora de reconocidas obras en francés sobre el acoso.

http://www.etoile-psy.com

http://www.semiode.com

ariane@etoile-psy.com ariane@semiode.com

Introducción

El acoso es una noción conocida que incluye actitudes bastante corrientes en la actualidad en la sociedad, y por lo tanto, en la empresa.

La proliferación del fenómeno se explica en parte por una desintegración del vínculo social y el establecimiento de estructuras sociales de tipo perverso, es decir, desviadas de su objeto. Así, la empresa, que es el lugar para emprender, se convierte en un órgano de control donde el espíritu de iniciativa empresarial, la autonomía de los directivos y la solidaridad colectiva se ven socavados.

En este artículo se trata de entender los vínculos entre acoso y organización, o de como el acoso, aunque pueda aparecer como un fenómeno puramente interpersonal, es siempre un síntoma de la desregulación de una organización determinada. ¿En qué aspectos el acoso es sintomático de una organización?

Preámbulo: definiciones

“Acoso es el término genérico que incluye a las otras especies de acoso (acoso físico, sexual, moral).”

Su objetivo es la destrucción progresiva de un individuo o grupo por otro individuo o grupo, a través de presiones reiteradas con el fin de obtener algo del individuo, por la fuerza, en contra de su voluntad, y de suscitar y mantener un estado de terror.” [1]

El acoso implica siempre los criterios de duración y repetición. En cuanto al acoso moral tiene que entenderse que es únicamente moral, es decir, que excluye cualquier paso al acto físico o sexual, mientras que está, por otra parte, presente necesariamente en el acoso sexual o físico.

Actuaciones o procesos

El acoso se considera a menudo como un conjunto de actuaciones perjudiciales llevadas a cabo por un acosador sobre un acosado. La dimensión psicológica es característica más de procesos relacionales de tipo perverso que de actuaciones particulares. Esta es también la razón por la cual al hablar de acoso se presupone una “intención” de daño, es decir, una maldad en el origen del proceso acosador. Las actuaciones específicas permitirán determinar con mayor facilidad que se trata de acoso moral, pero la realidad del acoso se inscribe en lo insidioso, lo no factual, lo no dicho. La clínica nos muestra, por otra parte, que las no-actuaciones (las omisiones) son tan importantes como las actuaciones, y algunas veces incluso más numerosas y malintencionadas. Puede tratarse de ignorar a la persona acosada, de no darle trabajo, no enviarle una copia de los correos, etc.

El proceso acosador tiene como objetivo la destrucción psíquica de la persona acosada. La destrucción se alcanza cuando la persona se deja destruir o, termina corroborando esta destrucción (con pensamientos de suicidas, comportamiento autodestructivo), lo cual ocurre tarde o temprano, dependiendo de la intensidad, de la violencia y de la duración del acoso.

En el plano psicológico, el proceso malintencionado se alimenta de las reacciones de la persona que está siendo acosada. El acosador sabe identificar a menudo las debilidades del otro (y todos tenemos algunas) para conducir a la víctima a la autodestrucción hasta que ella “se quiebre”. Cada reacción de defensa de la víctima se devuelve contra ella, y se dirá que “se le corrió la teja” si estaba enojada, que estaba “histérica” si se puso a llorar, etc. Si el acosador ha sido capaz de identificar, por ejemplo, una frágil autoestima en la víctima, la atacará no dándole el reconocimiento profesional que ella espera. Si la víctima reacciona afectivamente, el acosador sabe que debe insistir en este aspecto. Se puede tratar también de un ataque a la consciencia profesional, si la víctima está apegada a hacer su trabajo escrupulosamente, y si encuentra la realización de su identidad en el trabajo esmerado que desarrolla.

Individual o colectivo

El fenómeno se considera a menudo como un proceso de ataque de un individuo contra otro. Esto, en mi opinión, es olvidar su dimensión intrínsecamente colectiva. El acoso moral implica de hecho siempre un grupo, ya sea testigo pasivo, cómplice o “resistente”.

“La dimensión contextual es fundamental en el acoso moral. Porque el acoso, incluso si se involucran activamente solamente dos personas, se da en una colectividad, un grupo, ya sea en la empresa, entre amigos, colegas o entre miembros asociativos… La dimensión social del acoso es esencial para comprender la especificidad del fenómeno. Y es tanto más esencial cuanto el acosador vive intuitivamente las reacciones del grupo como si fueran decisivas, y en realidad lo son. Porque solo ellas tienen el poder de condenar socialmente a la víctima, o de rehabilitarla, con la especificidad de que un silencio es como una condena en la medida en que la víctima lo vivirá como una herida muy profunda, como lo que se podría calificar de denegación de auxilio a persona en peligro.”[2]

Es ilusorio pensar que en un grupo donde el acoso hace estragos, se puede ser neutral, por el solo hecho de pertenecer al grupo. El acoso llama a una u otra postura: o estamos por la autonomía, o aceptamos la servidumbre. La postura distanciada del análisis pertenece a menudo a un participante exterior (mediador, psicólogo…), y a partir de ella, a partir de esta postura, que en psicología se llama “tercera”, la situación se podrá desbloquear.

La naturaleza del grupo permite la existencia de este acoso. En efecto, si el acoso tiene lugar, es porque el grupo lo dejó instalarse. “Ante todo hay que subrayar que, si un acoso moral pudo aparecer e instalarse progresivamente en un colectivo dado, es porque este último está corrompido, por razones diversas: ya sea porque otras personas tienen un interés en suprimir a la víctima, o porque son particularmente laxistas, o porque el acosador se gana los favores de unos y otros por medio de larguezas” (Ibid.).

Del mismo modo, todos los miembros del grupo padecen la existencia de este acoso que dejaron instaurarse. Las personas pasivas pueden desarrollar los síntomas propios de la víctima, como angustias, insomnios… En cuanto a las personas cómplices, pueden serlo de modo intencional (complicidad por sadismo latente), o bien a pesar de ellas, cuando son el juguete de la manipulación del acosador.

Las lógicas de alienación del grupo

Existen unas lógicas psicológicas de alienación de un grupo. Son esencialmente cuatro, y a menudo se entremezclan:

El terror

Una de las lógicas más eficaces de alienación es la del terror. Este terror puede obtenerse por medio de “sanciones ejemplares”, por medio de procesos de humillación pública, que engendran ante todo entre las personas el deseo de no ser ellas quienes sufren este proceso. Por su tranquilidad, y por no exponerse al peligro, se requiere mantener el silencio, porque toda confrontación implicaría arriesgarse a sufrir represalias. Esta lógica de alienación por el terror es la que se vive en un sistema totalitario, y podemos encontrar este fenómeno en la empresa:

“Tan pronto como un hombre es acusado, sus antiguos amigos se transforman inmediatamente en sus enemigos más feroces; con el fin de salvar su propia existencia, se convierten en soplones y se apresuran a corroborar con sus denuncias las pruebas que no existen contra él; tal es evidentemente el único medio que tienen de probar que son dignos de confianza” (H. Arendt, 1951, p. 46). Esta “supervivencia” en la organización puede resultar en certificados falsos contra la persona acosada (y a menudo acusada) e incluso en peticiones o actos de acusación colectiva en presencia de los acosadores.

“To be or not to be”

La Dirección de Recursos Humanos, en una sociedad floreciente, instaura un proceso de terror, destinado a evitar cualquier contestación sindical o de otro tipo en la empresa. La contestación es particularmente temida por los dirigentes, que al parecer están desviando en su provecho una parte de los fondos financieros de la sociedad. Por lo tanto, el miedo de la Dirección en contra de los sindicatos es muy fuerte, y la Dirección intenta protegerse a cualquier precio, y de modo defensivo, contra cualquier posibilidad de ataque.

El terror se implanta de la manera siguiente: el Director de Recursos Humanos (DRH) convoca a menudo a los asalariados a su oficina, y en esas ocasiones recolecta informaciones sobre la vida privada del personal. Luego, se sirve de ellas públicamente contra las personas afectadas, en caso que hubieran tenido algunas veleidades contestatarias o reivindicativas. Se toma como blancos a los representantes sindicalistas haciéndolos vivir episodios de humillación pública donde el DRH indica que su método es “la neutralización”, como advertencia para los que hubieran querido seguir el ejemplo de las personas implicadas; también se usa un sistema de fijación en el tablero de la Dirección para hacer bien visibles las acusaciones contra las personas incriminadas. La lógica es la siguiente: estamos “a favor”, o estamos “en contra”. La posición neutra es asimilada a la posición “contra”, y tiene consecuencias (los empleados son relegados, no se les dan aumentos, se les disminuyen las tareas gratificantes o, por el contrario, se les incrementa exageradamente la carga de trabajo, o se les aleja colectivamente a petición de la DRH, etc.).

Este sistema de terror es particularmente eficaz, en la medida en que los asalariados, temiendo perder su empleo en una región con poco trabajo, prefieren en su mayoría callarse antes que defender a las personas acusadas y a sus sindicatos.

La culpabilidad común

La lógica de la alienación consiste en encadenar a las personas por medio de una culpabilidad común, una culpa colectiva. Este sistema de alienación permite obtener el silencio de los que se sienten culpables de una culpa común previa. Puede tratarse de una malversación financiera, de una práctica ilegal de contratación, de una falsa declaración colectiva escrita bajo la presión del miedo contra otro asalariado…

Los seminarios – gatitos

En los años 1990, aparecieron, primero en Estados Unidos, luego en Francia, lo que se llamó los “seminarios – gatitos”, que se hicieron presuntamente para aprender administración (M. Muller, 2002, p. 653). En Francia, este seminario consistía en que el grupo, durante un curso de management de una semana, adoptaba un gato. Al final de la semana, los seminaristas tenían que participar colectivamente en la estrangulación del gatito. La existencia de estos seminarios se reveló en hospitales psiquiátricos, como consecuencia de descompensaciones graves de ciertos seminaristas. La estrangulación colectiva del gatito adoptado permitía no sólo aprender a ser cruel y a resistir el dolor ante lo que le sucede a un ser que se había ganado nuestro afecto, sino que también vinculaba al grupo en una solidaridad macabra, en una culpabilidad común, que dejaba de ser la culpabilidad de alguien en particular. Estas técnicas de alienación por una culpabilidad común no son tan graves siempre, pero permiten destruir la individualidad comprometiendo al individuo en un acto grupal transgresor. Esta transgresión destruye los puntos de referencia identitarios, y deja lugar a la reconstrucción de una nueva identidad por filiación al grupo al cual cada uno queda vinculado por su propia culpabilidad.

La corrupción

La corrupción también es una técnica de alienación grupal. Apela a los intereses personales, y al ánimo de lucro de cada uno en la empresa (una promoción, un aumento…). “Aun antes de que los individuos hubieran podido tomar consciencia de la existencia del acoso moral en este colectivo laboral, el acosador los involucra en corrupciones diversas, con el fin de comprar su silencio ulterior. De hecho, quien “se untó” con asuntos más o menos corruptos, aun cuando no se puedan comparar con las exacciones del acosador, está completamente interesado en proteger el sistema en el cual se le ha implicado, vinculado, amarrado. Desde este momento, el acosador puede proponer pequeñas remuneraciones en especie, facilidades y arreglos más o menos ilegales para implicar a testigos eventuales en su sistema corrupto, hasta el punto de convertir a los implicados en bastiones del sistema. Porque si el sistema se derrumbara, se descubrirían las corrupciones de unos y otros, y sus interpretaciones muy personales del derecho. Estas corrupciones son la mejor muralla que el acosador puede erigir alrededor de su acoso. […] Así es como se ven, en un cierto número de casos de acoso, lazos muy evidentes entre el acoso, la malversación de fondos, la corrupción en general, y todas las libertades que se toman con la ley de esencia republicana. Es el principio del favor que se devuelve, de la coima o del soborno que, al mismo tiempo que te involucran en la corrupción, te convierten en deudor” (A. Bil