Totalitarismo, ideología y paranoia

Simpósio del 23 de octubre de 2021, organizado por Aliança Pela Saúde Portugal, sobre la pandemia del miedo actual en la humanidad.


Ariane Bilheran, antigua alumna de la Escuela Normal Superior de París

Psicóloga clínica y Doctora en psicopatología, especializada en el estudio de la manipulación, la paranoia, la perversión, el acoso y el totalitarismo.

https://www.arianebilheran.com


Articulo escrito para profundizar los temas investigados.


Preámbulo


Buenas tardes a todos,


Gracias por su invitación a este simposio internacional. Como preámbulo, quisiera poner mi participación bajo la égida de dos citas, la primera de Arthur Koestler, en su novela El cero y el infinito:


« Hemos llevado la lógica tan lejos en la liberación de los seres humanos de las trabas de la explotación industrial que hemos enviado a cerca de diez millones de personas a trabajos forzados en las regiones árticas y en los bosques orientales, en condiciones análogas a las de los galeotes de la antigüedad. Hemos llevado la lógica tan lejos, que para dirimir una diferencia de opinión, sólo conocemos un argumento: la muerte. »


Y la segunda cita, de Hannah Arendt, en La nature du totalitarisme (Understanding and Politics, on the nature of totalitarianism, religion and politics) :

« Mucha gente dice que no se puede luchar contra el totalitarismo sin comprenderlo. Afortunadamente, esto no es cierto, porque de lo contrario nuestra situación sería desesperada.»



Introducción


Me llamo Ariane Bilheran, soy psicóloga y filósofa, francesa, doctora en psicopatología, especializada en filosofía moral y política en la enfermedad de la civilización, y en psicopatología en el estudio de la manipulación, la desviación del poder, la perversión, la paranoia y el acoso, entre otros. He estudiado durante muchos años la aparición de lo que he llamado "colectivos deteriorados" en el acoso empresarial, y he publicado muchos libros sobre estos temas, algunos de los cuales han sido traducidos del francés a otros idiomas.


En 2020, intervine varias veces para alertar sobre la emergencia del totalitarismo actual, bajo el pretexto de la salud, por ejemplo el 13 de mayo, con « Totalitarismo sanitario: “Es por tu bien… El mal radical”[1]; el 30 de agosto, he escrito un articulo intitulado "El momento paranoico (la oleada totalitaria) frente a la dialéctica del amo y el esclavo"[2], y el 30 de diciembre, concedí una entrevista en Radio Canadá[3], en la que afirmé que lo que estábamos viviendo no era autoritario, sino totalitario, examinando la certeza delirante de la psicosis paranoica.

Estas y otras intervenciones me han valido burlas, mofas e insultos de todo tipo por parte de quienes no pueden escuchar lo que ocurre (o no tienen interés en ello), alegando que exagero o que yo misma sufro de paranoia.


Haré una propuesta desde la perspectiva de la psicopatología colectiva, es decir, desde el estudio de los procesos psicológicos individuales y colectivos, y de la filosofía moral y política —entendiendo que esta perspectiva no puede ser exhaustiva, sino que arroja elementos de una luz interesante sobre lo que nos ocurre—.


Desde el año 2020, nuestras libertades, ganadas con grandes luchas desde siglos atrás, al precio de la sangre de nuestros antepasados, se convirtieron en humo, llegando hasta la aprobación de este "pasaporte sanitario", considerado impensable por la mayoría de las personas hasta hace unos meses. Basándome en mi larga experiencia profesional con la observación de grupos, instituciones y empresas cuando se convierten en islas totalitarias, diagnostiqué rápidamente la existencia de un delirio colectivo, cuya naturaleza describiré hoy.


En abril de 2020, aunque algunos signos pudieran parecer insignificantes para la mayoría, fueron suficientes para caracterizar el ingreso en una psicosis paranoica colectiva, en particular la negación de la realidad, la mentira, la escisión, la proyección[4], la interpretación, la persecución (en este caso, de un virus, un enemigo invisible, que autoriza la persecución de los individuos como organismos portadores de una multiplicidad de virus), la manipulación de las masas (el terror, la culpa y el chantaje), la ideología sanitaria (y la propaganda que la sustenta), pero también la aparición de una nueva lengua que hace borrón y cuenta con el fin de narrar una "nueva normalidad" o una "nueva realidad" que aniquile la antigua.


Los individuos se organizan según estructuras psíquicas (algunos prefieren el término organización, que es menos rígido), las cuales reflejan su relación con la realidad, con la experiencia, con el otro, con la Ley, con las pulsiones, las emociones, la racionalidad y la lengua. Estas estructuras evolucionan en respuesta a los acontecimientos, en particular a las cargas traumáticas fuertes, y esto explica por qué en tiempos "normales", los individuos que respetan los tabúes morales fundamentales (en particular, no transgredir y no matar), se desinhiben en tiempos totalitarios (o más bien, retroceden psíquicamente), ya que la ideología de masas permite justificar el levantamiento de las prohibiciones antropológicas del asesinato y el incesto (y sus derivados) que constituyen la base de una civilización.


Lo que es menos conocido es que estas estructuras psíquicas también conciernen a los colectivos. En psicopatología, hay personalidades psíquicas a nivel de grupos, instituciones, empresas... Los grupos retroceden y se deterioran cuando caen en un modo perverso o, peor aún, paranoico. Las patologías narcisistas graves tienen la capacidad de crear una unidad patológica en los grupos, con interacciones inconscientes. Esto muestra hasta qué punto el individuo está atrapado en un sistema en el que el conjunto es de naturaleza diferente a la suma de las partes. Este sistema constriñe la psique individual, que a su vez va a alimentar el engaño colectivo. Esta es la breve explicación del fenómeno sectario y fanático. Y lo malo es que ahora parece afectar a toda la humanidad.


El delirio paranoico colectivo estructura el régimen totalitario. Es la explicación psicopatológica del totalitarismo, el cual, según criterios políticos, no puede reducirse a dictadura, despotismo o tiranía: es ambición de dominio total, monopolio de los medios de comunicación y de la policía, dirección central de la economía, persecución de los opositores y de toda crítica, sistema de vigilancia de las personas, fomento de las denuncias, lógica concentracioncita orquestada sobre el terror, política de borrón y cuenta nueva, ideología cambiante construida sobre la división entre ciudadanos buenos y malos, sobre el enemigo (visible o invisible) y la pureza.


El totalitarismo corresponde entonces a un delirio psicótico, el delirio paranoico, y este delirio es contagioso. Es una psicosis que se basa en:

· La negación de la realidad (la realidad y la experiencia no existen, no sirven como circuitos de retroalimentación para calificar el pensamiento delirante dogmático),

· Un delirio interpretativo (un enemigo externo o interno, visible o invisible, que quiere hacernos daño) con ideologías dirigidas (megalomanía, pseudo-ideas humanitarias, hipocondría, persecución...),

· La proyección, la desconfianza, la escisión y el hipercontrol.


Esta locura presenta una apariencia de razón, de discurso argumentado, pero está basada en un delirio de persecución que justifica la persecución de otros. No niega la Ley, pero la descompone y la interpreta en su beneficio y, si tiene el poder de hacerlo, la instrumentaliza para perseguir a los individuos, y ya no para protegerlos. "Para" (παρά), en griego antiguo παράνοια, es un prefijo que significa tanto "al lado", "en paralelo", como en "paramédico", o "en contra", como en "paraguas". Así como el paraguas actúa contra la lluvia, el paranoico actúa contra el espíritu (νοῦς), contra la inteligencia, contra la lógica. Y, para ello, subvierte la mente, la inteligencia, la lógica, y les hace la guerra.


No importa cuál sea el contenido del delirio, es decir, su escenario, porque la paranoia, la "locura de razonamiento" como la llamaron los psiquiatras franceses de principios del siglo XX, Sérieux y Capgras, obedece siempre a la misma estructuración de los procesos psíquicos. Alimentado por el odio y la manipulación erotizada de las instituciones, puede ser peligrosamente colectivo y psíquicamente contagioso, reivindicando su acción "por nuestro bien". Conviene acusar a un enemigo designado como perseguidor y, si es posible, personificarlo. Un virus "atenazado" (me refiero a la expresión utilizada por el presidente de Francia, Emmanuel Macron, en su discurso del 31 de marzo de 2021) es el enemigo perfecto, porque es invisible, y se transforma constantemente (las "variantes"). La interpretación (deducción de una opinión subjetiva) está en el centro del dispositivo: este virus es tan peligroso que está en juego la supervivencia de la especie humana (postulado implícito, que permite justificar la destrucción de la economía, las libertades y nuestros derechos fundamentales). La interpretación es tanto exógena (el virus asesino está fuera de nosotros) como endógena (está dentro de nosotros).


Atrevámonos a una pregunta blasfema: ¿ un virus pretende matarnos? Los virus están inscritos en nuestro ADN; tocamos cientos de millones de ellos cada día. Curtis Suttle, virólogo de la Universidad de Colombia Británica (Canadá), afirma en un estudio de 2018 que cada día se depositan más de 800 millones de virus en cada metro cuadrado de tierra. En una cucharada de agua de mar hay más virus que personas en Europa. "Nos tragamos más de mil millones de virus cada vez que vamos a nadar [...]. Estamos inundados de virus". ¡Un artículo publicado en 2011 en Nature Microbiology estima que hay más de un quintillón (1 seguido de 30 ceros) de virus en la Tierra! Alrededor del 8% del genoma humano es de origen viral, y los virus han estado presentes en la Tierra mucho antes que la especie humana, contribuyendo a dar origen a la vida celular[5].¿Es en serio cuando hablan de declararle la guerra a un virus[6]? Sin embargo, es lo que propone la hipocondría delirante de la paranoia colectiva, en la que el cuerpo se convierte en un extraño para sí mismo, y en perseguidor. Por lo tanto, hay que perseguir al cuerpo, en un Síndrome de Münchhausen masivo, que consiste en una sobremedicalización inadecuada (prohibición de remedios, unida a vacunas experimentales, cuyos estudios para demostrar la calidad, seguridad y eficacia no se han completado[7]) de una enfermedad vírica común (que merece una atención adecuada y temprana), negando la templanza, las advertencias y la experiencia de los expertos, y creando más problemas y sufrimientos de los que resuelve.


La paranoia es una patología contagiosa, que erosiona los vínculos tradicionales[8] y somete las psiques a vínculos nuevos, los vínculos de la ideología[9].


En un régimen totalitario, todo debe estar subordinado a la ideología: el fin justifica los medios. Llanamente, el totalitarismo invita a dividir a los ciudadanos en dos grupos: los buenos, obedientes, y los malos, desobedientes. Los malos son los que se resisten al acoso, o se niegan a entrar en la nueva realidad delirante e ideológica que propone la paranoia.


Pero estas categorías evolucionan y la persecución puede acabar afectando a todos los ciudadanos. El resultado de esta escisión es exigir una lógica sacrificial: en el gran cuerpo social tomado en sentido literal, en el que los individuos están privados de su libre albedrío y se ven reducidos al estado de células, es necesario eliminar las partes supuestamente enfermas, sacrificarlas, por "el Bien Común". Esta es la propuesta totalitaria. Hay que recordar que la negación de los derechos del individuo es el privilegio sistemático de los regímenes totalitarios, esto con el fin de reducirlo a una célula del cuerpo social entendido como cuerpo orgánico. El ser humano se reduce al estado de célula biológica enferma, de cuerpo contaminado y/o contaminante. Además, aquellos que, por casualidad, pretenden emanciparse de este gran cuerpo orgánico son presuntamente culpables (de la expansión de la epidemia): la madre-ogro no puede dejar que sus bebés salgan del vientre sin temer su propia muerte. Se trata de este nudo arcaico: dejar salir al otro del vientre mata. Y lo paradójico es, obviamente, que permanecer atrapado en el vientre materno también mata. Es una sin salida.


Para establecer y mantener su poder, el totalitarismo debe compensar su ilegitimidad mediante el terror. Es necesario y basta con aterrorizar a los individuos lo suficiente, y manipularlos a través de la obra maestra del paranoico: el acoso. El acoso provoca repetidos choques traumáticos en las poblaciones, y tiene como objetivo no sólo la destrucción de los individuos, sino su autodestrucción.


Por lo tanto, es bastante lógico que las personas desarrollen mecanismos de defensa (negación, trivialización, olvido, etc.), los cuales afectan su salud mental, pero también ideas depresivas y suicidas, acting out (reacciones exageradas) y trastornos esquizofrénicos. Como algunas psiques son demasiado vulnerables y no son capaces de imaginar la violencia de lo que está ocurriendo, pueden refugiarse en el engaño que seduce por su narración alternativa de la realidad. Por ejemplo, según he oído, una persona que no se inyecte será equiparada a un terrorista y llamada "bomba ambulante", o el despido de los cuidadores que se niegan a vacunarse (y que son severamente castigados por ello ya que pierden su medio de vida y se ven reducidos a ciudadanos de segunda clase), será interpretado como un deseo de su parte de dejar de trabajar en un empleo que se ha vuelto demasiado agotador. La víctima es considerada culpable.


En la hipocondría delirante de la paranoia, la enfermedad está en todas partes, y se la experimenta como peligrosa, mortal, el enemigo de los vivos. Los enfermos se oponen a los sanos, al igual que los impuros se oponen a los puros: se da la orden de eliminar (y antes de eso, de "apartar” (“évincer” en francés, para usar la palabra de Jean-Michel Blanquer, Ministro de Educación francés, en relación con los niños no vacunados[10]) la parte del cuerpo social designada como impura. La supuesta impureza debe ser perseguida a través del terror y con métodos radicales: el fin justifica los medios.


Por esto, "el terror es constitutivo del cuerpo político totalitario, como la legalidad lo es para el cuerpo político republicano", según Hannah Arendt[11]. También se podría decir que en un régimen totalitario la ilegalidad es la ley.

La paranoia funciona con el ideal tiránico para legitimar el uso de métodos de acoso. La idealización es un mecanismo de defensa muy poderoso, del orden del fanatismo del ideal inalcanzable. Este ideal se convierte por sí mismo en perseguidor, porque nadie puede estar a la altura. La sugerencia del ideal sanitario tiránico es fuerte desde el principio: la salud se concibe como la ausencia de enfermedad potencial (de ahí la confusión entre casos y pacientes), y el virus debe ser erradicado. Con este chantaje de base (que es una mentira): no se puede volver a los viejos tiempos antes de erradicar el virus. El sofisma cambia según las circunstancias.


Porque la "vacuna", presentada desde el principio como objeto fetiche y talismán mágico contra el virus, no parece funcionar tan bien como sus ambiciones iniciales, e incluso presenta serios y graves problemas. Es insuficiente (habría que seguir con las medidas sanitarias restrictivas[12]), insatisfactoria (incluso estaría en el origen de las variantes[13]) y posiblemente peligrosa. Lo mismo sucede con los efectos secundarios graves, para los cuales es muy complicado demostrar la relación causa-efecto, y por los cuales el Estado se lava las manos. Esto es esencialmente lo que el filósofo italiano Giorgio Agamben dijo a los senadores italianos durante los debates sobre el pase sanitario (ley 2394) el 7 de octubre de 2021: "Como lo han señalado autorizados juristas, esto significa que el Estado no quiere asumir la responsabilidad de una vacuna que no ha completado su fase experimental y, sin embargo, al mismo tiempo trata de obligar a los ciudadanos a vacunarse por todos los medios, so pena de excluirlos de la vida social, y ahora con el nuevo decreto que ustedes están llamados a convalidar, incluso privándolos de la posibilidad de trabajar. ¿Es posible, pregunto, imaginar una situación más anormal desde el punto de vista legal y moral? ¿Cómo puede el Estado acusar de irresponsabilidad a quienes deciden no vacunarse, cuando es el mismo Estado el que primero declina formalmente toda responsabilidad por las posibles consecuencias graves?”[14]


Ante el fracaso en garantizar el riesgo cero (y con razón, dado que no existe), es probable que la persecución aumente: para cumplir con el ideal inalcanzable de erradicar el virus, será necesario eliminar a los individuos que supuestamente son portadores potenciales del virus (potencialmente, se apunta a toda la especie humana). Ya, en todo el mundo, se han eliminado rebaños enteros de animales según la misma lógica nazi de un virus extraño que debe ser erradicado. Goebbels anotó en su Diario (1939-1942): "En el gueto de Varsovia se observó un cierto aumento del tifus. Pero se tomaron medidas para garantizar que no se le sacara del gueto. Después de todo, los judíos siempre han sido portadores de enfermedades contagiosas. Hay que encerrarlos en un gueto y abandonarlos a su suerte, o liquidarlos; de lo contrario, siempre contaminarán a la población sana de los estados civilizados.” ¿Se perseguirá a los no vacunados y luego se les eliminará para encubrir el fracaso del ideal tiránico? Abdicar del ideal tiránico sería renunciar al engaño, y significaría el colapso, la caída ante el enemigo, la muerte, la inmersión en el agujero negro.


Por lo tanto, la realidad de la experiencia debe ser retorcida y esclavizada, para coincidir con el ideal arcaico y sádico que la descalifica.


Es importante señalar que ya hemos tenido que lidiar con una ideología sanitaria de tipo epidemiológico en un pasado no tan lejano, con la epidemia de tifus, que los nazis decían combatir y erradicar. El despliegue de esta cacería de la epidemia de tifus fue lo que designó a una categoría de la población como portadora del tifus y la trató como parásitos propagadores de la epidemia. La epidemia de tifus se extendía porque se daban todas las condiciones para ello (distribución de mantas infestadas de chinches, hacinamiento en guetos insalubres, etc.). Me remito a la obra del historiador francés Johann Chapoutot sobre el tema. Porque si el delirio crea una nueva realidad para sustituir la antigua (el propósito de la ideología), con la paranoia, hay que hacer que exista esta nueva realidad. El discurso es un oráculo performativo: sólo él produce la realidad. Ya no hay reflexividad con la experiencia para crear un camino de verdad. La palabra delirante es omnipotente y pretende demostrarlo marcando la realidad con el sello de la ideología. El asesinato está justificado y es justificable, ya que ahora se permite transgredir en nombre del Bien Común.


Lo vivo es el enemigo. El delirio paranoico ignora la complejidad del cuerpo humano y su funcionamiento auto-organizado y sistémico. El cuerpo es visto como un objeto inerte en el cual circula un virus, visto como el único factor de una enfermedad, lo cual es una aberración tanto epistemológica como metodológica. La idea de una inmunidad que no sea artificial queda evacuada: el cuerpo es un receptáculo, portador de un cuerpo extraño e invisible. Todo lo que se mueve, todo lo que está vivo, todo lo que se resiste, es visto como traidor y debe ser eliminado.


El cuerpo del otro es culpable, como potencial portador de virus, es decir, de vida. La exclusión, desde un principio de la compleja noción de "sistema inmunitario" orienta el pensamiento hacia un cuerpo desprovisto de capacidad de reacción si no está vacunado. Sin embargo, la vacuna funciona sobre la base del sistema inmunológico mismo. Pero al delirio paranoico no lo detiene una paradoja más. Por lo tanto, la ambición paranoica será neutralizar y controlar ese cuerpo, pero esto no será suficiente.


Será necesario, en una paradoja implacable, suprimir la vida para preservarla.


Cada uno es culpable de la enfermedad del otro; nadie es responsable de su propio estado de salud. Cualquiera que rechace el tratamiento político y mediático del asunto se convierte en un enemigo de la patria, un traidor, un colaborador del virus, un asesino. El enemigo es invisible y está en todas partes. Los cuerpos de la población son percibidos como potencialmente enfermos, infecciosos, peligrosos, y esta guetización se aplicará inicialmente a una parte de la población, antes de dirigirse a todos, hay que recordarlo. La persecución no se preocupa de los detalles. ¿Es realmente una coincidencia que en el transcurso de mi investigación me haya encontrado con la existencia de pasaportes que restringían la circulación tanto en el nazismo (por razones expresamente sanitarias) como en la URSS durante la época estalinista (las razones sanitarias se entremezclaban entonces con las razones políticas para controlar a los individuos)? Los pasaportes en la URSS estalinista también tenían una misión "profiláctica", en un contexto de limpieza represiva, delimitando las zonas autorizadas o no para la circulación.


El chantaje con la vacuna es que si no te vacunas, dejarás de tener derecho a un trato humano, dejarás de tener derecho a cuidados de salud, dejarás de tener derecho a trabajar, podrás (eventualmente) morir al margen de la sociedad como paria, o peor aún, serás tratado como delincuente peligroso y enemigo público que además podrá ser encarcelado en campos de concentración sin fecha de liberación. Esta medida se está aplicando en algunos países (entre ellos Australia), y sin duda se extenderá a todo el mundo si no se le pone freno. "Los campos de concentración y exterminio de los regímenes totalitarios sirven como laboratorios donde se verifica la creencia fundamental del totalitarismo de que todo es posible". No importa cómo se llamen estos campos: "campos de cuarentena", "campos de atención", etc. Es la lógica paranoica que, si no se la frena u obstaculiza con una fuerte oposición, se desplegará como manda el delirio. En el campo, el cuerpo está sometido a agresiones, hambre, frío, enfermedades, abusos sexuales, deshumanización y experimentos de todo tipo. Para Hannah Arendt, en El sistema totalitario (tercera parte de su magistral obra Los orígenes del totalitarismo), "el prisionero de un campo no tiene precio porque puede ser sustituido". El valor de mercado del cuerpo humano es una cuestión de perversión: la excesiva instrumentalización de lo que podría ser instrumentalizado. Recordemos que la perversión solo es el instrumento que despliega el totalitarismo.


El objetivo ya no es la alienación sino la aniquilación del sujeto humano. El totalitarismo es esencialmente genocida; ya no necesita al hombre, o mejor dicho, pretende crearlo de nuevo, desde cero: este "hombre nuevo", del que hay que eliminar la libertad, para hacer reinar el ideal tiránico y malsano de la pureza. La apología del cuerpo poderoso, de la voluntad de poder, del superhombre transhumanizado, presupone la eliminación de los cuerpos supuestamente inútiles, de los cuerpos enfermos, sufrientes.


En cuanto a las reacciones individuales, hay que comprender primero (y no puedo entrar aquí en los detalles de un proceso psicológico muy complejo) que la psique tiende a protegerse de la violencia del acoso, de la propaganda mediática y del terror. Para ello construye murallas que le permiten tolerar una realidad insoportable, entre ellas: la negación, la represión, la banalización, la idealización, el desdoblamiento, la proyección, la radicalización, la interpretación, el aislamiento, la descarga a través de la acción, la automatización de las acciones, la anestesia emocional, la falta de compromiso, etc.[15] Estos "mecanismos de defensa" erosionan la lucidez del individuo. En particular, la negación es una imposibilidad absoluta de representar la violencia de lo que está ocurriendo, hasta el punto de hacer hermética cualquier argumentación o evidencia de los hechos. Debo señalar que este proceso psíquico no tiene nada que ver con la inteligencia, sino que concierne a los psicológicamente "más frágiles", es decir, a los que no tienen suficientes recursos internos para resistir a esa distorsión interpretativa del mundo: la mayoría de los seres humanos. Porque hace falta una fuerza psíquica poco común para mantener un razonamiento sólido en un mundo enloquecido, donde los puntos de referencia se invierten, la verdad se disfraza de mentira y los inocentes son designados como culpables, mientras que los culpables ejercen un terror indecente en nombre del bien del pueblo y de bellos ideales como "salud para todos" o "protección de nuestros mayores". El contagio delirante opera desde estas murallas, haciendo al individuo permeable a la ideología, y en adelante un seguidor incondicional de la secta totalitaria.


Existe una jerarquía de perfiles psíquicos en cuanto al acceso a las funciones estructurantes de la civilización que son la simbolización y la sublimación[16]. Ya podemos distinguir entre los que han integrado estructuralmente los tabúes fundamentales de la prohibición del asesinato y el incesto (y sus derivados: calumnias, envidias, transgresiones sexuales, etc.), y los demás. Estos últimos, quienes no están ligados a una estructura externa, son entonces "activados" por el delirio paranoico, lo que en lo sucesivo les autoriza a actuar, sin ninguna represión legal, siempre que la acción mortificante y transgresora esté en consonancia con la ideología dogmática. Así, bajo propaganda, los perfiles pervertidos pueden torturar impunemente (tomemos el ejemplo de Klaus Barbie), los perfiles paranoicos pueden sembrar el terror[17] y los psicópatas pueden ser utilizados como mercenarios del régimen.


Las neurosis ordinarias[18] se fragilizan, lo cual quiere decir que las personas que en tiempos "normales" se comportan de forma respetuosa con las prohibiciones fundamentales, pueden, gracias a una ideología totalitaria, retroceder, y en particular de forma perversa. Evidentemente, el sistema totalitario, a través de su dimensión delirante masiva, hace que los pervertidos se descompensen en la paranoia, y consigue que ciertos perfiles neuróticos retrocedan a la perversión, siendo la perversión una especie de dique psicológico último para evitar hundirse en el delirio (me remito a los trabajos del psiquiatra francés Racamier). El despliegue del sistema totalitario lleva así a que se produzcan numerosos abusos de poder y actos sádicos, cometidos por líderes que van apareciendo. Y uno se pregunta cómo este buen hombre de familia, normalmente tan agradable, y conocido desde hace tanto tiempo, llegó a ser capaz de tantas atrocidades...


Los otros perfiles neuróticos, más escasos, se fragilizan también, hasta el punto de caer en depresión y en ideas suicidas, o incluso convierten su ansiedad en graves neurosis obsesivas: el individuo funciona de forma automatizada, con actitudes ritualizadas que le impiden pensar en función en el conjunto del sistema, como Eichmann, que sólo se preocupaba de que los trenes llegaran a tiempo. El individuo prefiere ser arrastrado a la regresión psíquica colectiva, antes que enfrentarse al calvario de la soledad, la pérdida y la separación (calvario al que el filósofo tradicional suele estar acostumbrado). Así, en situaciones favorables, fuera de la norma, los autores de actos de barbarie son también "personas honradas", con perfiles obedientes. Recuerdo que la perversión[19] es una ejecutora concienzuda y hábil de la locura paranoica.


El totalitarismo, la ideología y la profecía en la ciencia apelan a un paraíso perdido. "La cientificidad de la propaganda totalitaria se caracteriza por su énfasis casi exclusivo en la profecía científica, frente a la referencia más tradicional al pasado”[20] y los remito al libro que escribí en colaboración con el profesor universitario de matemáticas Vincent Pavan, titulado La nouvelle normalité. Corrupción de la lengua y deriva totalitaria. Reina la confusión entre la ficción y la realidad de la experiencia, apoyada en la negación de los expertos, y la certeza delirante, que niega todas las objeciones y dudas. Es incluso herético tener una opinión sobre la propaganda totalitaria; "ya no es un problema objetivo sobre el que la gente pueda tener una opinión, sino que se ha convertido en su vida en un elemento tan real e intangible como las reglas de la aritmética."[21]Sitúa la consecución de sus objetivos en un futuro siempre lejano, una especie de promesa final, el regreso a un paraíso perdido, el fin del calvario, la pureza de la raza, el territorio purificado de enfermedades, el retorno al mundo de antes, etc. Se trata de unir a la mas