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Totalitarismo, ideología y paranoia

Simpósio del 23 de octubre de 2021, organizado por Aliança Pela Saúde Portugal, sobre la pandemia del miedo actual en la humanidad.


Ariane Bilheran, antigua alumna de la Escuela Normal Superior de París

Psicóloga clínica y Doctora en psicopatología, especializada en el estudio de la manipulación, la paranoia, la perversión, el acoso y el totalitarismo.

https://www.arianebilheran.com


Articulo escrito para profundizar los temas investigados.


Preámbulo


Buenas tardes a todos,


Gracias por su invitación a este simposio internacional. Como preámbulo, quisiera poner mi participación bajo la égida de dos citas, la primera de Arthur Koestler, en su novela El cero y el infinito:


« Hemos llevado la lógica tan lejos en la liberación de los seres humanos de las trabas de la explotación industrial que hemos enviado a cerca de diez millones de personas a trabajos forzados en las regiones árticas y en los bosques orientales, en condiciones análogas a las de los galeotes de la antigüedad. Hemos llevado la lógica tan lejos, que para dirimir una diferencia de opinión, sólo conocemos un argumento: la muerte. »


Y la segunda cita, de Hannah Arendt, en La nature du totalitarisme (Understanding and Politics, on the nature of totalitarianism, religion and politics) :

« Mucha gente dice que no se puede luchar contra el totalitarismo sin comprenderlo. Afortunadamente, esto no es cierto, porque de lo contrario nuestra situación sería desesperada.»



Introducción


Me llamo Ariane Bilheran, soy psicóloga y filósofa, francesa, doctora en psicopatología, especializada en filosofía moral y política en la enfermedad de la civilización, y en psicopatología en el estudio de la manipulación, la desviación del poder, la perversión, la paranoia y el acoso, entre otros. He estudiado durante muchos años la aparición de lo que he llamado "colectivos deteriorados" en el acoso empresarial, y he publicado muchos libros sobre estos temas, algunos de los cuales han sido traducidos del francés a otros idiomas.


En 2020, intervine varias veces para alertar sobre la emergencia del totalitarismo actual, bajo el pretexto de la salud, por ejemplo el 13 de mayo, con « Totalitarismo sanitario: “Es por tu bien… El mal radical”[1]; el 30 de agosto, he escrito un articulo intitulado "El momento paranoico (la oleada totalitaria) frente a la dialéctica del amo y el esclavo"[2], y el 30 de diciembre, concedí una entrevista en Radio Canadá[3], en la que afirmé que lo que estábamos viviendo no era autoritario, sino totalitario, examinando la certeza delirante de la psicosis paranoica.

Estas y otras intervenciones me han valido burlas, mofas e insultos de todo tipo por parte de quienes no pueden escuchar lo que ocurre (o no tienen interés en ello), alegando que exagero o que yo misma sufro de paranoia.


Haré una propuesta desde la perspectiva de la psicopatología colectiva, es decir, desde el estudio de los procesos psicológicos individuales y colectivos, y de la filosofía moral y política —entendiendo que esta perspectiva no puede ser exhaustiva, sino que arroja elementos de una luz interesante sobre lo que nos ocurre—.


Desde el año 2020, nuestras libertades, ganadas con grandes luchas desde siglos atrás, al precio de la sangre de nuestros antepasados, se convirtieron en humo, llegando hasta la aprobación de este "pasaporte sanitario", considerado impensable por la mayoría de las personas hasta hace unos meses. Basándome en mi larga experiencia profesional con la observación de grupos, instituciones y empresas cuando se convierten en islas totalitarias, diagnostiqué rápidamente la existencia de un delirio colectivo, cuya naturaleza describiré hoy.


En abril de 2020, aunque algunos signos pudieran parecer insignificantes para la mayoría, fueron suficientes para caracterizar el ingreso en una psicosis paranoica colectiva, en particular la negación de la realidad, la mentira, la escisión, la proyección[4], la interpretación, la persecución (en este caso, de un virus, un enemigo invisible, que autoriza la persecución de los individuos como organismos portadores de una multiplicidad de virus), la manipulación de las masas (el terror, la culpa y el chantaje), la ideología sanitaria (y la propaganda que la sustenta), pero también la aparición de una nueva lengua que hace borrón y cuenta con el fin de narrar una "nueva normalidad" o una "nueva realidad" que aniquile la antigua.


Los individuos se organizan según estructuras psíquicas (algunos prefieren el término organización, que es menos rígido), las cuales reflejan su relación con la realidad, con la experiencia, con el otro, con la Ley, con las pulsiones, las emociones, la racionalidad y la lengua. Estas estructuras evolucionan en respuesta a los acontecimientos, en particular a las cargas traumáticas fuertes, y esto explica por qué en tiempos "normales", los individuos que respetan los tabúes morales fundamentales (en particular, no transgredir y no matar), se desinhiben en tiempos totalitarios (o más bien, retroceden psíquicamente), ya que la ideología de masas permite justificar el levantamiento de las prohibiciones antropológicas del asesinato y el incesto (y sus derivados) que constituyen la base de una civilización.


Lo que es menos conocido es que estas estructuras psíquicas también conciernen a los colectivos. En psicopatología, hay personalidades psíquicas a nivel de grupos, instituciones, empresas... Los grupos retroceden y se deterioran cuando caen en un modo perverso o, peor aún, paranoico. Las patologías narcisistas graves tienen la capacidad de crear una unidad patológica en los grupos, con interacciones inconscientes. Esto muestra hasta qué punto el individuo está atrapado en un sistema en el que el conjunto es de naturaleza diferente a la suma de las partes. Este sistema constriñe la psique individual, que a su vez va a alimentar el engaño colectivo. Esta es la breve explicación del fenómeno sectario y fanático. Y lo malo es que ahora parece afectar a toda la humanidad.


El delirio paranoico colectivo estructura el régimen totalitario. Es la explicación psicopatológica del totalitarismo, el cual, según criterios políticos, no puede reducirse a dictadura, despotismo o tiranía: es ambición de dominio total, monopolio de los medios de comunicación y de la policía, dirección central de la economía, persecución de los opositores y de toda crítica, sistema de vigilancia de las personas, fomento de las denuncias, lógica concentracioncita orquestada sobre el terror, política de borrón y cuenta nueva, ideología cambiante construida sobre la división entre ciudadanos buenos y malos, sobre el enemigo (visible o invisible) y la pureza.


El totalitarismo corresponde entonces a un delirio psicótico, el delirio paranoico, y este delirio es contagioso. Es una psicosis que se basa en:

· La negación de la realidad (la realidad y la experiencia no existen, no sirven como circuitos de retroalimentación para calificar el pensamiento delirante dogmático),

· Un delirio interpretativo (un enemigo externo o interno, visible o invisible, que quiere hacernos daño) con ideologías dirigidas (megalomanía, pseudo-ideas humanitarias, hipocondría, persecución...),

· La proyección, la desconfianza, la escisión y el hipercontrol.


Esta locura presenta una apariencia de razón, de discurso argumentado, pero está basada en un delirio de persecución que justifica la persecución de otros. No niega la Ley, pero la descompone y la interpreta en su beneficio y, si tiene el poder de hacerlo, la instrumentaliza para perseguir a los individuos, y ya no para protegerlos. "Para" (παρά), en griego antiguo παράνοια, es un prefijo que significa tanto "al lado", "en paralelo", como en "paramédico", o "en contra", como en "paraguas". Así como el paraguas actúa contra la lluvia, el paranoico actúa contra el espíritu (νοῦς), contra la inteligencia, contra la lógica. Y, para ello, subvierte la mente, la inteligencia, la lógica, y les hace la guerra.


No importa cuál sea el contenido del delirio, es decir, su escenario, porque la paranoia, la "locura de razonamiento" como la llamaron los psiquiatras franceses de principios del siglo XX, Sérieux y Capgras, obedece siempre a la misma estructuración de los procesos psíquicos. Alimentado por el odio y la manipulación erotizada de las instituciones, puede ser peligrosamente colectivo y psíquicamente contagioso, reivindicando su acción "por nuestro bien". Conviene acusar a un enemigo designado como perseguidor y, si es posible, personificarlo. Un virus "atenazado" (me refiero a la expresión utilizada por el presidente de Francia, Emmanuel Macron, en su discurso del 31 de marzo de 2021) es el enemigo perfecto, porque es invisible, y se transforma constantemente (las "variantes"). La interpretación (deducción de una opinión subjetiva) está en el centro del dispositivo: este virus es tan peligroso que está en juego la supervivencia de la especie humana (postulado implícito, que permite justificar la destrucción de la economía, las libertades y nuestros derechos fundamentales). La interpretación es tanto exógena (el virus asesino está fuera de nosotros) como endógena (está dentro de nosotros).


Atrevámonos a una pregunta blasfema: ¿ un virus pretende matarnos? Los virus están inscritos en nuestro ADN; tocamos cientos de millones de ellos cada día. Curtis Suttle, virólogo de la Universidad de Colombia Británica (Canadá), afirma en un estudio de 2018 que cada día se depositan más de 800 millones de virus en cada metro cuadrado de tierra. En una cucharada de agua de mar hay más virus que personas en Europa. "Nos tragamos más de mil millones de virus cada vez que vamos a nadar [...]. Estamos inundados de virus". ¡Un artículo publicado en 2011 en Nature Microbiology estima que hay más de un quintillón (1 seguido de 30 ceros) de virus en la Tierra! Alrededor del 8% del genoma humano es de origen viral, y los virus han estado presentes en la Tierra mucho antes que la especie humana, contribuyendo a dar origen a la vida celular[5].¿Es en serio cuando hablan de declararle la guerra a un virus[6]? Sin embargo, es lo que propone la hipocondría delirante de la paranoia colectiva, en la que el cuerpo se convierte en un extraño para sí mismo, y en perseguidor. Por lo tanto, hay que perseguir al cuerpo, en un Síndrome de Münchhausen masivo, que consiste en una sobremedicalización inadecuada (prohibición de remedios, unida a vacunas experimentales, cuyos estudios para demostrar la calidad, seguridad y eficacia no se han completado[7]) de una enfermedad vírica común (que merece una atención adecuada y temprana), negando la templanza, las advertencias y la experiencia de los expertos, y creando más problemas y sufrimientos de los que resuelve.


La paranoia es una patología contagiosa, que erosiona los vínculos tradicionales[8] y somete las psiques a vínculos nuevos, los vínculos de la ideología[9].


En un régimen totalitario, todo debe estar subordinado a la ideología: el fin justifica los medios. Llanamente, el totalitarismo invita a dividir a los ciudadanos en dos grupos: los buenos, obedientes, y los malos, desobedientes. Los malos son los que se resisten al acoso, o se niegan a entrar en la nueva realidad delirante e ideológica que propone la paranoia.


Pero estas categorías evolucionan y la persecución puede acabar afectando a todos los ciudadanos. El resultado de esta escisión es exigir una lógica sacrificial: en el gran cuerpo social tomado en sentido literal, en el que los individuos están privados de su libre albedrío y se ven reducidos al estado de células, es necesario eliminar las partes supuestamente enfermas, sacrificarlas, por "el Bien Común". Esta es la propuesta totalitaria. Hay que recordar que la negación de los derechos del individuo es el privilegio sistemático de los regímenes totalitarios, esto con el fin de reducirlo a una célula del cuerpo social entendido como cuerpo orgánico. El ser humano se reduce al estado de célula biológica enferma, de cuerpo contaminado y/o contaminante. Además, aquellos que, por casualidad, pretenden emanciparse de este gran cuerpo orgánico son presuntamente culpables (de la expansión de la epidemia): la madre-ogro no puede dejar que sus bebés salgan del vientre sin temer su propia muerte. Se trata de este nudo arcaico: dejar salir al otro del vientre mata. Y lo paradójico es, obviamente, que permanecer atrapado en el vientre