Estos manuscritos se conservaron con esmero en bibliotecas y monasterios, cubiertos con telas para protegerlos de la luz, el polvo, el calor y la humedad, sobreviviendo a guerras, épocas oscuras, desastres naturales y períodos bárbaros. Los monjes copiaban los libros a mano, a veces adornándolos con iluminaciones. En los siglos IX y X, al escasear los materiales, la economía se hizo necesaria: se decidió copiar en minúsculas en lugar de mayúsculas, ahorrando así espacio.