Pero este misántropo, a quien Molière retrata con tanta precisión gracias a su lúcida comprensión de la naturaleza humana, carece de la sabiduría de otro tipo de discernimiento: si bien la mayoría de las personas son malvadas, algunas resisten y no lo son. La sabiduría, por lo tanto, reside en no dejarse abatir por la cobardía, los vicios y la maldad ajenos, sino en protegerse de ellos, sin que esta lúcida observación conduzca a un endurecimiento del corazón.